Inteligencia Emocional; esencial en su desarrollo.

“La inteligencia emocional representa el 80 por ciento del éxito en la vida.”

Daniel Goleman

Resulta interesante pensar en las emociones; a pesar que han estado desde siempre con nosotros a lo largo de la evolución, habían permanecido ignoradas hasta años recientes, mientras la atención se centraba en el desarrollo de áreas del cerebro de reciente adquisición filogenética.

Lo importante es que hoy sabemos que las emociones son importantes, y que tanto el éxito, como la inteligencia no se logran solamente potenciando el desarrollo cognitivo, físico y social del ser humano, sino que también hay que trabajar en la inteligencia emocional… y entre más temprano se inicie, mucho mejor. 

Esto no quiere decir que se debe esperar a que los niños crezcan, para enseñarles qué son las emociones, y cómo manejarlas. De hecho, hay numerosos estudios que sugieren que desde los dos años se puede empezar a trabajar la inteligencia emocional en los niños, y que los beneficios son muchos. Así, la gran tarea que hoy tenemos los padres, profesores y cuidadores, es enseñar a los pequeños a qué se hagan amigos de sus emociones, para afrontar los retos y vicisitudes que trae vivir la vida. 

Y entiendo que esto puede ser intimidante; especialmente cuando crecimos en un ambiente donde no se valoraba la importancia de las emociones en el desarrollo, pero, lo cierto es que no es necesario manejar grandes técnicas para hacerlo, y podemos empezar empleando estrategias sencillas que  van a beneficiar el desarrollo emocional de los niños. 

Para esto, lo más fundamental es saber gestionar nuestras emociones, tener conocimiento y control sobre ellas, para así, ser capaces de enseñarles a manejar las suyas.

Uno de los pilares para el desarrollo de la inteligencia emocional es que los niños tengan acceso a espacios, dónde puedan expresar lo que sienten con total confianza: hay que permitirles que hablen de lo que les enoja, los pone triste o dejarlos que lloren.

Es frecuente; por ejemplo, que los niños de dos o tres años manifiesten su rabia pegando a alguien o rompiendo un juguete. En este caso, no hay que impedir que lo hagan, pero una vez estén calmados es necesario enseñarles cómo se llama lo que acaban de experimentar; por qué actuaron así y proponerles comportamientos saludables para canalizar la rabia en otro momento, como contar hasta 10, o incluso, irse a otra habitación para evitar pegar o romper algo.

Con esto no sólo generamos confianza, sino que enseñamos autorregulación, evitamos utilizar correctivos punitivos y extinguimos los comportamientos no deseados.  Sin embargo, esto no lo podemos, si antes no aprendemos a dialogar con ellos sobre las emociones y mucho menos sino validamos sus emociones. Está bien sentirse así, al fin y al cabo, todos experimentamos lo mismo. 

En muchas ocasiones la respuesta de los niños será el silencio, y eso está bien, no tienen por qué responder a todo, basta con que escuchen y entiendan que pueden expresarse libremente y que cuando quieran hablar siempre estaremos para escucharlos.

Esto puede parecer poca cosa, pero lo cierto es que es la mejor vía para que los niños desarrollen su inteligencia emocional y además aprendan a ser empáticos, resolver conflictos, tener comportamientos prosociales y aspiren al pensamiento postformal; el grado más alto de desarrollo cognitivo. 

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