Los peligros de la sobreprotección en la infancia.  

“No le eviten a sus hijos las dificultades de la vida,
enséñenles más bien a superarlas”
Louis Pasteur.

 
Uno de los objetivos principales de los padres es proteger a sus hijos; asegurar su supervivencia, su seguridad física y emocional. La protección de los hijos es un acto instintivo, un rasgo que está impreso en lo más recóndito de nuestros genes y nos impulsa a asegurar el bienestar de los hijos. Sin embargo, algunos padres llevan esto al límite y terminan sobreprotegiéndolos, lo cual, lejos de beneficiar, los puede perjudicar.

La “crianza helicóptero” describe muy bien este comportamiento; un estilo de educar en el que el padre o la madre (o ambos) están sobrevolando todo el tiempo encima de sus hijos; pendientes de sus necesidades y buscando siempre hacerles la vida fácil.

Pero va más allá; es pensar por los hijos, hablar por los hijos, vivir por los hijos, tomar decisiones por los hijos, solucionar los problemas de los hijos… en fin, si pudieran ser los hijos, lo serían sin pensarlo. Uno de los grandes problemas de la sobreprotección es que se les quita la oportunidad de crecer y desarrollarse en autonomía; mejor dicho, resulta muy limitante para el niño y el futuro adulto.

En concreto, la sobreprotección no es buena, no alienta a la responsabilidad, a la autonomía y al desarrollo. Al contrario, el niño tendrá un escaso desarrollo de sus habilidades y terminará adoptando un estado de pasividad, de comodidad y gran dependencia hacia sus padres.

La sobreprotección crea personas con miedo, inseguridad y con mucha ansiedad; adultos que dependen de otras personas, que deciden por ellos, gestionen su vida o solucionen sus problemas porque no saben hacerlo solos; con baja autoestima y creencias de ser personas inútiles que siempre necesitan a alguien a su lado; además de baja tolerancia a la frustración y en consecuencia reaccionarán ante ella con ira e incluso agresividad.

Y como si fuera poco, impedirá que los niños desarrollen habilidades sociales que les permitan relacionarse con los demás.

No se puede mantener a los niños en una burbuja o un invernadero para “protegerlos de todos los peligros del mundo”. Los niños tienen que lograr hacer cosas sin ayuda, cometer errores y superar sus fracasos; saborear y aprender a manejar sus emociones; alcanzar metas difíciles y que descubran el significado de los triunfos, de las decepciones, de las alegrías y de la frustración.

No se puede privarlos de vivir la vida y mucho menos evitarle todo lo bueno y malo que puede traer su tránsito por el mundo. Lo que sí está permitido es estar allí para guiarlos y darles una mano cuando pidan ayuda, pero sobre todo, fomentar su autonomía y autoconfianza para que puedan enfrentar cada uno de los retos que se les presenten en el día a día.

Como palabras finales, solo resta decir que para hacer feliz a un niño no hace falta darle todo en la vida. La mejor clave para lograrlo es brindarles amor y apoyo incondicional. La sobreprotección no es solo uno de los mayores errores a la hora de educar a los hijos, sino que también es una forma de agresión y maltrato.
 
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