No me ofenden tus palabras

“Si permites que una ofensa te dañe, entonces te dañará. Pero si no lo permites, la ofensa volverá del lugar donde salió”, Mahatma Gandhi

 
A veces nos preguntamos, quiénes somos o de qué estamos hechos, esto en relación a nuestro interior, lo que tiene que ver con nuestros sentimientos y emociones. Somos únicos, y todo parte de nuestro ser. De cómo asimilamos las situaciones y controlamos las emociones.
 
Cuando aprendemos a manejar nuestras emociones con inteligencia, usamos a nuestro favor los acontecimientos. No nos equivocamos tanto o cometemos menos errores. “No somos responsables de las emociones, pero sí de lo que hacemos con las emociones”, Jorge Bugay
 
Si sentimos rabia, es sano, porque la rabia nos ayuda a ver nuestros errores y faltas. Nos lleva a analizar con madurez y de modo profundo qué sentimos y cómo podemos mejorar aquello que nos hace mal. En otras palabras, la rabia nos hace reflexionar.
 
En cambio, la ira no es buena, porque nos lleva actuar contra el otro. La ira es una emoción que nos controla, que nos ciega y no nos permite ver más allá ni analizar con sensatez lo que está sucediendo en un momento dado.
 
Como seres pensantes que somos, tenemos la capacidad de poder controlar nuestras emociones, incluso las de alegría y explosión, esas que en ocasiones nos hacen gritar y llorar o movernos con ímpetu y de manera eufórica.
 
Debemos entender que todo parte de nuestro ser, de nuestra esencia, de lo que somos dentro, de lo que hemos aprendido en nuestro hogar. La vida nos enseña mucho, pero depende de nosotros cómo interioricemos ese aprendizaje, cómo asimilamos lo que nos presenta cada día.
 
Todo depende de nuestra actitud porque es la raíz de cómo percibimos las situaciones. Depende de cómo yo asumo o tomo un comentario, de mí depende aceptar si esa persona me hace sentir mal o no.
 
No porque de repente no demos una respuesta ante un mal comentario o una ofensa hacia nosotros, le estamos permitiendo a esa persona que nos humille o nos haga sentir mal. Está en nosotros mismos aceptar si aquello que expresó alguien es insultante o no, si es causa de daño o no, si sus palabras nos hieren o no.
 
Con frecuencia, solemos autocastigarnos y permitimos que la falta de conciencia del otro, de sentido común, solidaridad o de sensatez, nos hiera, porque en ocasiones nos sentimos deprimidos o débiles emocionalmente.
 
Exploremos el silencio. En él encontraremos una gran paz interior que nos lleva a estar tranquilos con nosotros mismos y todo lo externo que pretende dañarnos se desvanece, se esfuma como la pólvora.
 
Callar en ocasiones nos libera, hablar en otras también. Podemos dar una respuesta ante una ofensa de manera contundente, sin malas palabras ni falta de respeto. Con esto, no solo logramos hacer ver que no nos dañó tal comentario sino que además dejamos claro y de manera firme, alguna enseñanza en esa persona, que quizás nadie le había hablado de la forma que nosotros pudiéramos hacerlo o nadie le había expresado algo que lo hiciera reaccionar.
 
El autocastigarte te deprime más. Cuando alguien pretende ofenderte, humillarte o hacerte sentir menos con su mirada, algún gesto o comentario, no te sientas mal. Al contrario, siente compasión por esa persona, porque con esas actitudes demuestra que le hace falta más amor que a ti. Dicho de otra forma, no vive en paz consigo mismo ni es feliz.
 
Camina haciendo el bien. Siempre da una buena respuesta y brinda una sonrisa. Respeta el espacio de los demás. Si te miran mal, no te sientas como un insecto. No bajes la cabeza, mantenla en alto y siéntete orgulloso u orgullosa de quien eres. Al final del día, fuiste tú el que actuaste bien al no ofender al otro en reacción a su mala actitud. Allí está el sentido de la vida, la felicidad y la verdadera victoria, que solo la disfrutas TÚ.
 
 
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