SIN TI

“Un mar de palabras que se traban en mi garganta, porque el dolor de perderte es inmenso, insoportable e incontenible que simplemente se desborda por mis ojos”

Extendiste tu mano y la tomé, te aferraste a mí con todo tu ser y tus ojos se encontraron con los míos y ambas sentimos paz, estábamos juntas, como ayer, como siempre, de tu mano siempre encontraba paz, eras mi refugio y ahora yo era el tuyo, tu mano encontraba en la mía la certeza de irse tranquila.

Me pediste perdón y te dije que solo podía agradecerte tanto amor, me miraban tus ojos desesperados y mi corazón se desintegraba de ver tu vida apagarse lentamente de mi mano.
¡No te vayas! Me decías una y otra vez. ¡No tengas miedo! Yo estaré aquí hasta el final… y poco a poco te quedabas dormida.

¡No llores! me dijiste. ¡No puedo evitarlo! Sé que me va a doler cuando te vayas, me hará falta tu risa, tus hermosos ojos y tu abrazo. ¡No te vayas, no me dejes! Me repetías una y otra vez mientras acariciaba tu mano y tus cabellos, recuperaba el aliento e intentando contener el llanto te dije ¡aquí estoy!

La vida es frágil y yo tuve la fortuna de tenerte por tanto tiempo, te disfruté como nadie, nos reíamos tanto tú y yo, éramos cómplices, teníamos una relación tan especial y cercana que para mí eras mi refugio y ahora me siento tan vulnerable, que me falta todo si no estás.

De niña, tú eras mi ancla y mi vela, también timón y faro, siempre le dabas dirección a mis pasos y eras mi luz de guía, aprendí de ti tantas cosas, sobre todo a amar con todo el corazón y a dar amor de una forma tan especial, cuando me convertí en adulta me convertí en tu ancla, tu vela, timón y faro.

La vida me regaló el privilegio de devolverte un poco de lo mucho que me diste, de cuidar de ti como cuidaste de mí cuando era una niña, de consentirte como me consentías, de ser más que abuela y nieta, me regalaste el honor de ser tu amiga, confidente y cómplice, en ser tu refugio y en quien depositaste tu confianza.

Te aferraste a mí en tus últimos momentos, sabiendo que yo iba estar ahí para ti… para cuidarte, y sabías que yo iba a hacer lo que fuera por cumplir tu última voluntad y sabías que yo iba a quedarme a tu lado hasta el final, hasta que todo estuviera tranquilo y así fue, mi amor por ti era inmenso e incondicional.

La vida me dio el más hermoso de los tesoros al darme una abuela como tú, para cuidarlo, con amor y paciencia, después me lo pidió de regreso y así lo hice, te entregué en sus brazos, te entregué con mucho dolor, pero también con mucho amor y agradecimiento por el tiempo compartido.

Algún día estaremos de nuevo juntas y volveremos a ser vela, timón, ancla y faro una de la otra, volveremos a ser cómplices y volveré a tomar tu mano y no la soltaré nunca más. Tengo que aprender a vivir sin ver tus ojos ni escuchar tu risa. Te llevo en mi corazón como el más bello tesoro que Dios me dio.

Tere Hernández.